lunes, 31 de marzo de 2014

Casa

Estoy parada en el estudio y L se me acerca mientras habla por teléfono, me hace una seña que no entiendo y sale corriendo por la puerta. Miro a los chicos sin comprender que en pocos segundos me quedo sin casa. La única seguridad que me quedaba se desmorona ante mi cara de sorprendida. En breve estamos interrumpiendo el desayuno de G que, como yo, estaba ajeno a la situación que nos esperaba.
Salimos los tres en forma de torbellino hacia la inmobiliaria. La patética visita a la misma no merece ser narrada. Solo basta con decir que no faltaron las emociones exaltadas, los insultos metafóricos y una gran impotencia: nos estaban quitando nuestro hogar, estaban dándole fin al pequeño clan familiar que había mutado paredes alimentando vida en aquel lugar blanco, y  a ese empleado robot no parecía importarle.
Volvemos los tres con la rabia condensada en los ojos y en los puños. Me prendo fuego y ardo apasionadamente ante la injusticia. Quiero destruir todo con mis llamas, transformar en cenizas viajeras lo que queda de futuro. Arder, en caos y destrucción. Arder desde el pecho hasta el mar.
Intentamos comer sin éxito. La inmutable comida sobre la mesa contempla la escena que pasa de la ira a la risa y de la risa al silencio. Y, como sin quererlo y sin evitarlo, un desfile de casas y hogares invade mi cabeza. No es lo mismo una casa que un hogar. Si bien he tenido muchas casas, pocas lograron transformarse en el refugio que esperaba.
Todo empieza con darme cuenta que ya había estado en la casita del DF mucho tiempo antes de conocerla. Desde Panamá que ya había viajado a México, ya imaginaba los sillones marrones de la sala, la banda tomando chela y dándole ánimos al cotorreo constante.  Y eso de haber estado en un lugar antes de habitarlo me llevo a uno de mis únicos hogares: Roque Perez. La magia que hizo de las suyas para que tengamos un espacio en el que materializar una burbuja de amor y nostalgia. Meses antes, en una meditación me encontraba en aquella pequeña cocina y contemplaba maravillada el arco que hacia de comunicación entre ella y la sala. Lo primero que no me gustó de la casa al verla en vivo y en directo fue ese espacio de comunicación, sin embargo, yo lo había creado y termino por encantarme. Elvis colgado en la pared con la tipografía japonesa que rezaba "Viva las Vegas!", la gata en el futón, la guitarra, las canciones de Pez, el póster de Almendra, los mates y las plantas. El amor, el desamor, los abrazos, la tristeza del adiós, la buena vibra y de nuevo el amor, el mas puro amor.
Me transporto en un segundo a Plaza, a mi departamento no mio, al trabajar como loca para mantenerlo, el balcón con la bici que me arrebataron un día del niño rompiéndome el corazón. El tren, el tren y el fernet que solitario manchaba la alfombra para dejar algo de mi en ese lugar. El olor a verano, las plantas de la estación Saavedra, mi compañera niña monstruo, las aventuras, la soltería por abandonar, las manos rotas de tanto trabajar. La postal en la puerta del baño, los trofeos de fútbol que no me pertenecían y quedaban totalmente antiestéticos. Las noches de insomnio, desayunar energizantes para aguantar otra jornada de trabajo. La soledad en paz, sabiendo que alejarse era lo mejor y volver un peligro.
Con la certeza de la presa que sabe cuando el depredador está cerca, omití las razones de mi corazón y dándome falsas esperanzas volví a la casa de mi adolescencia. Al cuarto celeste con los escritos negros por todos lados, volví a la violencia, a las persecuciones, los perros mordedores y defendidos, los portazos, los llantos, el circo.
Cuando se pausa la verborragia vuelvo a caer en el presente recorriendo los violetas de la sala. Comienzo a verter lágrimas. Anuncian la frase que me cuesta pronunciar. Lloro en silencio, respirando la tristeza que me invade. La mandíbula temblorosa deja escapar las palabras en un hilo de voz balbuceante que se se va transformando en grito que sale de las entrañas: "gracias por darme y convertir este lugar vacío en casa, gracias por recibirme en sus corazones, gracias por convivir conmigo, gracias por el amor, gracias por darme un hogar. Gracias hermanos por aceptarme en el clan, por no dejarme sola, por las barritas de cereal sobre la cama cuando volví de alguna aventura por tierras lejanas, gracias manada felina por acogerme entre sus garras y pelos."
Los tres nos convertimos en la misma bola de abrazos, lágrimas y besos. Nadie sabe que será del mañana, pero en el presente están mis espejos enseñándome a dar amor en cada aliento.
Viajeros galácticos, lo que unimos es solo nuestro y con nuestra partida debe morir. Y así, enterramos lo vivido.

Uno de otros tantos funerales por el que el desapego me hace pasar.


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